Cuando el diagnóstico de autismo de su hijo Benjamín le exigió estar presente las 24 horas, Carolina Astorga convirtió la venta de churrascos y pizzas en su trinchera económica. Desde el sector Matadero, lucha contra la falta de especialistas y recursos, demostrando que el amor de madre es el ingrediente más potente.
En el sector Matadero de Andacollo, la vida no da tregua, y Carolina Astorga lo sabe bien. Su incursión en el mundo de la comida rápida no nació de un plan de negocios tradicional, sino de la urgencia desesperada de una madre. Cuando su hijo Benjamín comenzó a mostrar conductas autolesivas, Carolina entendió que necesitaba dinero rápido para costear especialistas y obtener un diagnóstico certero. Así nacieron sus famosos «churrascos XL», una apuesta contundente que no existía en la zona y que le permitió financiar la consulta donde el neurólogo confirmó lo que ella temía: Benjamín tenía Trastorno del Espectro Autista (TEA).
Ese diagnóstico marcó un antes y un después. Sin familiares de apoyo en la ciudad y con un hijo que solo se siente seguro a su lado («dice tener miedo a la sociedad»), Carolina tuvo que renunciar a la idea de un empleo formal fuera de casa. Su hogar se transformó en su centro de operaciones, desde donde hoy vende tablas, chorrillanas y pizzas, promocionándolas por redes sociales y confiando en el boca a boca de sus vecinas.
Pero la realidad económica es fluctuante. La inflación la obligó a pausar la venta de sus icónicos churrascos y, a veces, el negocio debe detenerse por completo. «Llevo dos días sin trabajar porque tuve que gastar el dinero de los insumos en medicamentos en el mercado negro», confiesa con crudeza, aludiendo a la dificultad para conseguir horas médicas y fármacos esenciales para estabilizar a Benjamín. Para sus clientes, a veces parece que «la señora no quiere trabajar», pero detrás de cada pausa hay una crisis que contener o un niño que necesita calma para dormir.
A pesar de todo, Carolina no se rinde. Junto a Benjamín, quien poco a poco se anima a ayudar en la cocina preparando omelettes o armando pizzas con su delantal, han construido un equipo. Compraron un auto de segunda mano para asegurar que los pedidos lleguen calientes y siguen ideando nuevas formas de salir adelante, como la venta de ropa o futuras hamburguesas. «No podemos sentarnos a llorar», sentencia Carolina, convencida de que, aunque falten las «lucas», la creatividad y el amor siempre abren una ventana para seguir luchando.


