Tras una cirugía que cambió para siempre la vida de su hija y de toda su familia, esta madre de Paihuano encontró en el vellón agujado un refugio para el dolor y una forma de mantener viva la esperanza mientras ejerce su labor de cuidadora.
Hay dolores que paralizan y otros que, misteriosamente, empujan a las manos a moverse, a crear, a buscar una salida. Para Adriana Zepeda, vecina de Paihuano, la vida se transformó radicalmente hace nueve años. Su hija, entonces de 12 años, entró a pabellón por una enfermedad repentina y, tras complicaciones en el postoperatorio, quedó con un daño neurológico severo. De un momento a otro, la niña vital que conocían quedó con mínima conciencia, y Adriana asumió la misión de ser su cuidadora a tiempo completo, dejando todo de lado para estar junto a ella.
En medio de esa vigilia constante, donde la angustia y la pena por la pérdida de la «normalidad» amenazaban con ahogarla, Adriana buscó una tabla de salvación. «Necesitaba un rato de tranquilidad, de esparcimiento», confiesa. Fue así como, mirando videos en YouTube, descubrió el vellón agujado. Vio una figura de una «niñita del viento» y se desafió a sí misma: «¿Cómo no la voy a poder hacer?».
Sin experiencia previa en artesanía, comenzó a «pintar con lana», aprendiendo de forma autodidacta a dar forma y color a sus emociones. Lo que nació como un hobby terapéutico para sobrellevar el duelo en vida, pronto llamó la atención de su entorno. Sus cuadros de vellón, inspirados en los paisajes, las flores y los árboles que siempre admiró pero que nunca pensó retratar, comenzaron a venderse en la Feria Costumbrista de Paihuano y a través de encargos.
Hoy, mientras su hija tiene 21 años, Adriana sigue tejiendo su rutina entre el cuidado amoroso —apoyada por su esposo e hijos— y la creación artística. Cada vez que trabaja la lana, logra «olvidar un poquito la pena», transformando el dolor en belleza. Su mensaje es un testimonio de resiliencia para otras cuidadoras: aunque los tiempos sean cortos y el camino doloroso, siempre hay que buscar algo que hacer, una pasión que permita, aunque sea por instantes, volver a respirar.


