Romina Cortés transformó la incertidumbre de la pandemia y los bonos de emergencia en la semilla de un próspero negocio de papelería. Motivada por el cuidado de su hijo con autismo, hoy lidera un emprendimiento equipado con tecnología de punta en el corazón de la montaña.
Corría el año 2020 y el mundo se detenía bajo la sombra de la pandemia. En Andacollo, entre el encierro y la incertidumbre económica, Romina Cortés Ugarte tomó una decisión que cambiaría su destino. Con el dinero del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) en mano, no optó por el gasto inmediato, sino por la inversión: compró sus primeras tres máquinas e insumos para lanzarse al mundo de la papelería y las manualidades.
Técnico en párvulos de profesión y con conocimientos de administración de su época escolar, Romina entendió temprano que el sistema laboral tradicional no era compatible con su realidad. Su hijo, hoy de cinco años y diagnosticado con autismo nivel 2, requería una presencia constante. Las crisis nocturnas y las demandas de salud del pequeño hacían imposible cumplir horarios fijos fuera de casa. «El cuidarlo y trabajar en casa facilita que uno pueda ser su lugar de apego y contención», reflexiona.
El camino no fue lineal. Hubo bajas, problemas de salud y fallas técnicas, pero Romina aplicó una filosofía de acero: «Una lloradita y a seguir adelante». Esa resiliencia dio frutos. Aprovechando su formación administrativa, comenzó a postular a fondos concursables. Primero, se adjudicó un proyecto de una compañía minera local, lo que le permitió dar un salto en infraestructura.
El golpe de gracia llegó recientemente, cuando tras superar cinco filtros de selección, ganó el fondo «Zonas Rezagadas» de Sercotec. Este logro, concretado en noviembre, le permitió completar el equipamiento de su taller con maquinaria avanzada para realizar recuerdos y trabajos corporativos.
Lo que comenzó como una medida de emergencia con un bono estatal, hoy es una realidad consolidada. Desde Andacollo, Romina no solo crea productos personalizados, sino que visibiliza una realidad compartida por muchas cuidadoras: la capacidad de transformar la necesidad en virtud y construir, desde el hogar, un futuro sólido para quienes dependen de ellas.


