Tras dejar atrás los números y el ajetreo de Santiago, Mónica encontró en el paisaje de La Higuera y en la técnica del fieltro un refugio para enfrentar el duelo más profundo: la pérdida de una hija. Hoy, a sus 67 años, cría a su nieta y transforma la lana en esculturas que honran la fauna local y la fuerza de seguir adelante.
En el sector de El Llano de Los Choros, donde el desierto se encuentra con la brisa marina, Mónica ha construido algo más que una casa; ha sembrado una nueva vida. Hace poco más de una década, esta contadora general dejó Santiago buscando el descanso de la jubilación, sin imaginar que su verdadero oficio estaría en sus manos y no en una calculadora. Hoy, en lugar de balances financieros, Mónica se dedica a «pintar» con lana, utilizando la técnica del fieltro para replicar la biodiversidad que la rodea: desde los pingüinos de la costa hasta la flora autóctona.
Su taller es un laboratorio de texturas. Allí, la lana de oveja —a veces traída del sur, a veces adquirida a productores locales— se lava, se peina y se transforma. Mónica domina tanto el fieltro húmedo, moldeado con jabón de sebo para crear telas y vestuario, como la técnica en seco, donde agujas especiales esculpen figuras tridimensionales. «Es un trabajo orgánico y auténtico», explica con la pasión de quien ha encontrado un lenguaje propio para expresarse. Aprendió el oficio a distancia, guiada por una maestra mexicana, demostrando que para la creatividad no existen fronteras geográficas.
Sin embargo, detrás de la belleza de sus creaciones existe una historia de profundo dolor y reconstrucción. La vida golpeó a Mónica y a su esposo de la manera más dura posible: la muerte de su hija. Este evento trágico redefinió su propósito, convirtiéndolos en tutores y padres de su nieta. «El duelo de un hijo es muy fuerte, pero hay que levantar la cabeza», confiesa. Para Mónica, el arte no es solo un emprendimiento económico, sino una terapia y un legado. Cada pieza que crea es una lección silenciosa para su nieta, una demostración de que es posible sobreponerse a la tristeza y encontrar belleza en el día a día.
Actualmente, Mónica sueña con abrir su taller al público, creando un espacio donde los visitantes puedan ver su obra y comprender el proceso detrás de cada figura. Pero más allá del negocio, su mensaje es un llamado a la esperanza. Desde su rincón en Los Choros, nos recuerda que, aunque la vida nos presente abismos oscuros, siempre existe una alternativa —ya sea en la crianza o en el arte— para volver a encontrar el color y la motivación para vivir.


