La coordinadora regional de la Asociación Yo Cuido analiza el complejo escenario del Sistema Nacional de Cuidados. Entre la frustración por la falta de empatía en el Congreso y la urgencia de una realidad que empobrece y enferma mayoritariamente a mujeres, Pastén hace un llamado a entender los cuidados como el cuarto pilar de la sociedad.
Por Alicia Isabel Acuña Galleguillos
«Toda la vida hemos cuidado por amor, ¿pero quién cuida de nosotras?». Esa es la pregunta que resuena con fuerza en la voz de Solange Pastén, coordinadora de la Región de Coquimbo de la Asociación Yo Cuido. En una reciente entrevista para el espacio Mujer Innovadora, la dirigenta desmenuzó la realidad de miles de cuidadores tras la tensa discusión parlamentaria sobre el Sistema Nacional de Cuidados, conocido como «Chile Cuida».
Con una trayectoria que data desde 2019 en la organización, Pastén no solo habla desde la teoría, sino desde la vivencia diaria de sostener la vida de otros. Para ella, lo ocurrido recientemente en el Congreso no fue solo un trámite legislativo, sino un golpe de realidad sobre cómo la política percibe -o ignora-la labor de cuidados.
El cuidado como trabajo y derecho
El proyecto de ley busca garantizar el derecho a cuidar, a ser cuidado y al autocuidado, bajo principios de corresponsabilidad y perspectiva de género. La necesidad es estadística y social: más del 85% de las personas que cuidan son mujeres.
«El cuidado siempre ha recaído en nosotras», explica Pastén. La dirigente enfatiza que esta labor, a menudo invisibilizada, aporta más del 20% al Producto Interno Bruto (PIB) del país. Sin embargo, quienes la ejercen no reciben remuneración -salvo un estipendio de 35 mil pesos que no llega a todos- y terminan postergando su propia salud física y mental, sumiéndose en el empobrecimiento.
«Las cuidadoras somos enfermeras, kinesiólogas, psicólogas; lo hacemos todo para sostener a esa persona. Y todo eso el Estado se lo ahorra», sentenció durante la entrevista.
Para Pastén, el argumento de que el cuidado es una «obligación exclusiva de la familia» es una visión arcaica que perpetúa la desigualdad.


