Desde su hogar, esta pintora autodidacta y cuidadora ha convertido sus óleos en un archivo histórico de su pueblo, plasmando la arquitectura de adobe y brea que la modernidad amenaza con borrar.
Para Cecilia Chepillo, pintar no es solo un acto estético, sino un ejercicio de resistencia contra el olvido. Su relación con los pinceles comenzó a los seis años con simples acuarelas, pero fue hace dos décadas cuando descubrió en el óleo la herramienta perfecta para su misión. «El óleo permite combinar más los colores y, si no te gusta, puedes volver a pintar encima», explica sobre la técnica que aprendió observando a otros, en un camino puramente autodidacta.
Lo que inició como un hobby para sus tiempos libres se transformó, casi sin querer, en un oficio vital. Un día, funcionarios municipales visitaron su casa y descubrieron que aquella mujer, que pintaba sobre madera, cholguán o incluso género, tenía un talento oculto. Ese primer reconocimiento, sumado a la adjudicación de un proyecto, fue el impulso que necesitaba para profesionalizar su pasión y comenzar a vender sus obras.
Sin embargo, el verdadero valor de su trabajo radica en su temática. Cecilia se ha dedicado a «rescatar el pasado frente a la modernidad». En sus cuadros no hay edificios nuevos ni construcciones contemporáneas; hay casas de adobe, muros de barro y techos de brea, materiales que definieron la identidad de su pueblo y que hoy desaparecen bajo el cemento. «Ya está muy intervenido, la construcción está muy avanzada», lamenta, encontrando en sus pinturas la única forma de que las nuevas generaciones y los turistas conozcan la esencia original de su tierra.
Esta labor artística convive con una realidad exigente: el cuidado de sus padres ancianos. Desde hace unos 15 años, Cecilia comparte con su hermano la responsabilidad de asistirlos, una tarea que requiere paciencia y presencia constante. A pesar de la dureza de esta rutina, ella insiste en que «siempre se puede». Su mensaje para otras cuidadores es claro: buscar esa «hora o dos horitas» de escape, ya sea en la artesanía o en un centro de madres, es fundamental para mantener el espíritu vivo. Para Cecilia, ese escape es el lienzo donde el pasado de su pueblo se niega a morir.


