Ante la imposibilidad de encontrar un espacio educativo que acogiera las necesidades de su hijo con TDAH, Carla Gallardo transformó su hogar y su vida para fundar una escuela autogestionada que hoy es refugio para decenas de niños excluidos por el sistema tradicional.
«Si tu emprendimiento te permite almorzar con tus hijos, ya es un emprendimiento exitoso». Con esa frase, Carla Gallardo resume la filosofía que la llevó a cambiar radicalmente su vida. Educadora diferencial y bailarina, Carla enfrentó una realidad que muchas madres conocen pero pocas logran sortear con éxito: el sistema educativo tradicional no tenía lugar para su hijo menor. Diagnosticado con TDAH, trastorno de la conducta adaptativa y del sueño, el pequeño no lograba encajar ni en colegios convencionales ni en escuelas de lenguaje. Las puertas se cerraban una tras otra.
Lejos de resignarse, Carla decidió abrir su propia puerta. Junto a su madre y hermana, transformaron su necesidad familiar en un proyecto comunitario. Así nació, en la calle Colón 473, el «Espacio Artístico Cultural Ieruba», un lugar donde la danza afro y la danzaterapia se entrelazan con la educación. Pero hace tres años, el proyecto dio un giro fundamental: la creación de la «Escuela Libre Yeruba».
Lo que comenzó como una solución desesperada para su propio hijo, hoy se ha convertido en un santuario educativo para niños con diagnósticos de TEA, TDAH y trastornos emocionales que, al igual que su pequeño, no encontraban cabida en las aulas tradicionales. Sin subvenciones estatales ni reconocimiento oficial del Ministerio de Educación —una decisión consciente para no replicar las estructuras que los excluyeron—, Carla y su equipo de cinco profesionales autogestionan un espacio donde el arte y la comprensión emocional son los pilares del aprendizaje.
Hoy, Ieruba no es solo una escuela presencial y online; es la prueba de que cuando el sistema falla, la determinación de una madre puede construir uno nuevo. Aunque el camino es arduo y la ganancia económica no es inmediata, para Carla el verdadero pago es la libertad de gestionar sus tiempos y la tranquilidad de saber que su hijo, y muchos otros, han encontrado por fin su «lugarcito en el mundo».


